Siempre que llego a países extraños y lejanos, y no hablo de distancia geográfica sino de diferencia cultural, idioma, idiosincrasia, tengo un primer momento en el que pienso “¿Qué caraj*s hago acá?”. Lo digo con gracia, me río de lo que hay atrás de mis decisiones. En general, es alguna idea random: “y si voy a…“. Googleo un poco, saco pasajes, fin. Salto sin mucha vuelta.
Hace unas semanas llegué a Estambul. Mientras escuchaba las indicaciones en turco luego de aterrizar, se me vino ese pensamiento. ¿Qué hago acá? Y junto con esa sensación de incertidumbre y vértigo (que, por supuesto, disfruto), me vino una idea muy liviana de libertad. Libre de ir a donde quiero. Libre por no tener que cumplir expectativas de nadie… porque ¿quién podría haber pensado que mi vida se iba a tratar de eso?
No cumplo las expectativas de nadie, evidentemente. Ni siquiera las mías. No hay nada de mandato en mis decisiones, creo.
Y acá estoy, disfrutando de pasear, indagar, aprender, mirar con extrañeza, sorprenderme…
¿Habré desilusionado a alguien? No lo sé, ojalá que no y en tal caso será un problema de ese alguien. Cargo con mis propias frustraciones como para cargar las de alguien más
¿Cómo llegué hasta acá? No sé, o sí. Un sinfín de decisiones y situaciones. Puntualmente hasta esta foto me llevo el auto que alquilé. Y también el pedido de mi vieja de que pasara por la casa de la Virgen María. Porque expectativas no cumplo, pero deseos siempre que puedo sí.

0 comentarios