Ese martes me tocó trabajar de corrido. Me desperté alrededor de las 4am, como ya empezaba a ser costumbre, y hasta las 2pm no paré. A esa hora, sin demasiados planes salí a disfrutar del día soleado. ¿Quién dijo que en Seattle llovía todo el tiempo?

Fui para el centro, recorrí varias callecitas, comí algo y como quien no quiere la cosa, entré a una bombonería a comprar unos chocolatitos para tener energía porque a mi día le faltaban mil horas.

Mi parada en Seattle era un punto estratégico para llegar a Canadá. No era un destino que a priori me interesara en sí mismo. Qué ingenua. El estado de Washington es todo lo que está bien.

5.16pm tenía un ticket para cruzar en ferri a la isla Bainbridge. Dejé la ciudad atrás y me llené de verde, de montañas en el horizonte, con un cielo celeste que hacía que cada foto fuera un cuadro… Llegué tarde, ya en el pueblo no había movimiento, las reservas naturales estaban cerradas, pero todo era lindo, las calles, las casas, las personas eran amables. Las flores… qué decirles. Me compré un agua Perrier (?) y caminé entre muelles llenos de embarcaciones. Otro día más pasaba y yo sentía que estaba donde quería estar.

Sin mucha vuelta extendí un día más mi estadía en esa ciudad. Ni una semana más alcanzaría. Pero el sentirme libre, el elegir, el re calcular a cada instante le daba un toque distinto a este viaje que quería que durara para siempre.