Qué fiaca que dan… y qué inevitables. El proceso por definición implica tiempo, incomodidad y frustración, o más bien, manejo de la frustración. En la era de lo inmediato, repetirnos que (casi) nada sucede de un instante a otro, por lo menos, genera resistencia.
Ni un duelo, ni una relación, ni aprender algo, ni construir una casa o un negocio, tampoco viajar están exentos de los procesos… Son pocas las cosas que se me ocurren que pasan inmediatamente. El corte improvisado del flequillo, puede ser je. Pero la mayoría de las cuestiones que nos atraviesan tienden a tener una previa, un principio, un desarrollo y, en una de esas, un final.
De más chica solía pensar solo en el final, en el resultado, en el logro consumado. Indudablemente era una trampa que me llevaba inequívocamente a pasarla mal . De nuevo, los procesos son inevitables y la incomodidad había que atravesarla, me gustara o no.
Llevo años pensando en esto. La primera vez que lo pensé fue en danza. Cuando vas a una clase nueva o a una un poco más difícil de lo que estás acostumbrada, surge enseguida esa voz de “yo no puedo con esto, es demasiado difícil“. Sin embargo, la clave está en habitar esa incomodidad y confiar en el proceso. Hay que bancarla o bueno, abandonar, que también es una opción. Pero si lográs quedarte ahí, repetir, entrenarlo, sostenerlo, casi casi que no te das cuenta de que en algún momento la magia sucede y das ese salito de calidad del que no te creías capaz. Para entonces, en general, te olvidás de la incomodidad inicial, lo que borra de alguna manera la importancia de ese proceso que atravesaste. No se trata de poder o no. Se trata de sostener, de ser paciente, de callar la ansiedad para la que estamos programados para querer que todo pase ya, de ponerle perspectiva, de ser compasivos.
Hace unos meses en NYC fui a una clase de una profe que ya había ido en 2017. Esta vez me sentí perdida, pero perdida mal. El cuerpo no me respondía. Salí destruida, anímica y físicamente. Por supuesto, la voz de la autoexigencia no tardó en castigarme. “Claro, ¿cómo vas a tomar una clase en la que hay nenas de 12 años? No te da para esto“. La voz del enemigo está en mi cabeza.
Lo que no sabía entonces es que estaba a dos segundos de súper engriparme y que el cuerpo no me respondía porque estaba enfermándome. Tampoco sabía que la velocidad a la que mercaba la clase era porque no arrancó de cero ese día, sino que llevaba unos cuantos días de práctica para el resto. No es que yo era lenta, es que había cosas que había explicado días anteriores. ¿Cómo supe esto? Porque decidí volver, porque no quería quedarme con ese sabor amargo, porque me expuse a estar incomoda de nuevo, porque confié en que más de 30 años bailando tuvieron que darme las herramientas para atravesarlo en pos del disfrute que me genera entrenar y bailar. ¿Fue la mejor clase? No, me faltaron más semanas de esa misma clase, pero al menos volví a confirmar que la clave está en el proceso.
¿Y las fotos? Son de un día en NYC después de otra clase de danza (con otra profe). Subí tempranito al Edge y banqué durante horas para ver cómo la ciudad también se transforma si te tomás el tiempo de observar… Procesos, ciclos. Va por ahí. ☺️

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