Todos los días que siguieron fueron de improvisación, totalmente fuera del itinerario original. Perpignan fue la siguiente parada. Aparentemente había pasado en un viaje anterior, en 2004, según dice mi vieja, en ese viaje que me fracturé el tobillo. Pero habrá sido muy de pasada pues no me acordaba ni del nombre. Tampoco es que esta vez haya estado mucho tiempo.

Recorrí el centro antiguo, con la particularidad que lo hice bajo el agua. Las nubes que amenazaron durante varias horas se transformaron en una tormenta espectacular. En pocos minutos las pendientes de las calles eran ríos. Entré en un museo de ciencias naturales o algo así para refugiarme. Era siniestro. Lleno de animales embalsamados. De repente estaba en una peli de terror. Huí. Prefería mojarme a estar ahí adentro. Terminé llegando, cuesta arriba, al palacio/castillo de los reyes de Mallorca. Si, de Mallorca. Perpignan está muy muy cerca de España, y de hecho en algún tiempo, allá por 1200, fue la capital del Reino de Mallorca. Pero esa historia de tires y aflojes entre España y Francia la dejamos para otro día (?).

La verdad es que el palacio no era la gran cosa. Lo más llamativo eran los túneles que conectaban las habitaciones de el rey y la reina (que dormían por separado) con las capillas. Se mandaron dos menudas iglesias adentro del castillo.

Terminado el recorrido, al salir me encontré con unos tímidos rayos de sol. Para esa altura del viaje la ciclotimia climática de Francia ya no me sorprendía. Los Pirineos, que se escondían detrás de las nubes cuando entré al castillo, se veían con total claridad. El paisaje era imponente, así lo describiría mi amigo Joaco, que me había tirado varios consejos de lo que debía hacer en esa zona.

Dicen que ahí atrás están los Pirineos.
Perpignan desde el Palacio de los Reyes de Mallorca.

Existieron algunas paradas en bares para trabajar antes de resignarme a volver a mi hogar. ¡Qué difícil encontrar enchufe y wifi en estas ciudades! 🤦‍♀️ En una de las calles, ya volviendo, vi bajar el sol, sentí ese aire del mediterráneo, del mar que estaba tan cerca. Frené, saqué esta foto y me alegré una vez más de haber decidido hacer este viaje.

Es una ciudad amurallada, como tantas otras de Francia. Tiene un castillo, como tantos otros que visité en este viaje. Aún sin una particularidad me dejó con la boca abierta. Y no sé decirles por qué. Es de cuentos. Y ahí fui feliz. Quizás por la casa en la que dormí con vista a las murallas. Quizás por el desayuno casero de Jeannette, su cálida compañía y nuestro diálogo torpe. Yo sin hablar francés. Ella sin hablar español. Con mucha seguridad me dijo que siga viajando, que disfrute, que la vida me daría muchas sorpresas pero que me iban a encontrar andando, que tendría tiempo de hacer todo lo que me propusiera.

Ese día no fue perfecto. De hecho estuvo lleno de complicaciones. El paro de trenes, el Santander que me dejó sin plata a 13.000 km de distancia y aún con varios meses de viaje por delante. El día no fue perfecto pero me quedó esa sensación de estar dentro de un cuento, me quedé con la sensación de que puedo hacer todo lo que me proponga, elegí hacerle caso a Jeannette y seguir disfrutando de ese viaje al que todavía le faltaba mucho.