La mirada del que viaja encuentra sorpresa en donde la rutina no. Ver y mirar no son sinónimos. No lo critico, en Buenos Aires yo veo más de lo que miro.

Ese día fui a dar con Nîmes. Y ojo porque no se pronuncia NIMES. Que los franceses parlantes me corrijan pero sería algo así como NIM. Cuestión que esta ciudad que es súper chiquita tiene sus orígenes en el Imperio Romano. Venía de la Edad Media en Avignon pero el viaje en el tiempo acá fue mayor. En Europa los movimientos son de a milenios. Así es que en Nîmes, en medio de una ciudad, en un centro histórico súper pintoresco, te encontrás con restos de un mundo que ya no existe, un mundo que solo conocemos por libros y películas.

Esa mañana fui a la Arena, entré y viajé en el tiempo. Aprendí sobre aquel mundo, aprendí sobre gladiadores y caminé por el mismo lugar que lo hicieron ellos. Me senté desde arriba de todo y me volví a sorprender. Estaba sentada en un escalón en donde alguien, hace unos dos mil años, vio una lucha de gladiadores de los de carne y hueso.

Era tiempo de volver a trabajar, de volver al siglo XXI. Caminé unos 10 minutos y allí estaba el wifi de mi hogar. Pero antes de arrancar hablé con la dueña del Airbnb. Le pregunté si para ella no era asombroso ir caminando y a unas cuadras de su casa cruzarse con esos monumentos tan espectaculares. Me dijo que para ella no era sorprendente, que era parte de su paisaje cotidiano. Me sentí un poco triste. Pues yo estaba realmente emocionada por lo que había visto y hubiera querido darle la posibilidad que, a través de mis ojos, ella también se pudiera sorprender. Pero quizás yo también en su lugar perdería esa capacidad con el tiempo. Es como querer volver a ver por primera vez una película que te encantó. Hay sensaciones y vivencias que tenemos que disfrutarlas en tiempo presente porque quizás la segunda vez o en la repetición perdemos esa posibilidad única que nos da conocer lo desconocido.