En teoría era mi último día completo en Lyon pero sería un día complicado de trabajo. Por la mañana fui al Museo de la Resistencia y debo decir que me desilusionó bastante. Los museos que solo me hacen leer paredes me aburren un poco. Es que leer puedo leer en un libro.

Así como salí me fui al mismo cafecito del miércoles. Funcionaba bien internet y había unos ice tea muy ricos. Estuve ahí hasta que literalmente me echaron.

Entonces, tocaba despedirme de la ciudad. Subí caminando al mismo lugar donde había ido el primer día con los chicos. Pero esta vez subí caminando. Subí como mil millones de escalones mientras oscurecía. Eran mil en serio. Me senté sobre la pared del mirador con las patas colgando. Sentarme ahí un rato largo, ver la ciudad desde arriba, me generó mil sensaciones. Me sentí ínfima y me sentí gigante a la vez. Ínfima porque si esa ciudad se veía enorme desde ahí arriba, ¿que hay del mundo? ¡Es inabarcable! Y gigante por tener el poder, la decisión de disfrutar de mi día a día al otro lado del océano. Si pude concederme esto, debo poder con muchas otras cosas más, ¿no? Me sentí libre.

Lyon de noche

Me quedé un rato largo, ahí, sentada, como si no existiera el tiempo. Pues es en esos ratos es que agradezco al universo (y a tantas personas que me ayudan) por permitirme hacer que este viaje esté sucediendo.