Tenía 6 años, hacía poquito, nos habíamos hecho socios del club. Íbamos caminando por el “Salón Blanco“, entonces, vi a una nena como de mi edad hacer una medialuna en el contexto de una clase de gimnasia. En seguida le dije a mi mamá: “Quiero hacer eso“. Bastaron unos minutos para que hablara con la profe para anotarme. Estaba inscrita para empezar Gimnasia Rítmica. En realidad, fue medio un error de la matrix porque en rítmica no se hacen tantas piruetas, pero el destino de alguna manera me puso frente al deporte más bello del mundo. Me fui por las ramas.
El punto es que con 6 años no tenía miedos ni pensaba en que algo no fuera posible aprender. Vi a alguien hacer la medialuna, dije que quiero aprender y listo. No faltó mucho tiempo, aunque sí algo de práctica, para que aprendiera a hacer eso y tantas otras cosas más. Cuando sos mocoso ni se te ocurre pensar que no vas a poder.
En 2018 estuve dos meses viajando por Francia. Lo frustrada que estaba con no entender absolutamente nada más allá de un “bonjour”… Ni mi apellido les podía pronunciar bien. Entonces, volví y empecé a tomar clases particulares de francés. ¿Tenía algún objetivo particular? No, la verdad es que me quería sacar de encima ese sabor amargo que me había quedado con el idioma. Ah no, pero si hubiera sabido que me iba a frustrar más aún…
Y lo que voy a decir es una estupidez, lo sé. Si lo pensamos de manera binaria, cuando aprendés algo pasás de un estado de “no saber“ a uno de “saber“. Partís de “no saber“. Y a los seres humanos adultos nos incomoda bastante reconocernos en ese lugar. Para aprender a hablar un idioma tenés que atravesar un proceso que es exponencial. Arrancás en cero y vas sumando palabras que te facilitan el siguiente pasito. Tenés que aprender los números, los días de la semana, los meses, las estaciones, a saludar, a decir “hola, yo me llamo…“ cual si fueras una criaturita que está aprendiendo a hablar. Pero las criaturas no están pensando en esa incomodidad. Repiten, se confunden, siguen repitiendo y eventualmente aprenden.
A mí estar cara a cara con una profe (la más amorosa del mundo) me incomodaba, me hacía sentir tonta. “¿Qué hago yo a esta altura de la vida, repitiendo los números y los días de la semana con una pronunciación notoriamente precaria?“, me preguntaba. Es un sin sentido porque si estoy aprendiendo algo que no sé, es esperable que de un día para otro me convierta en una franco parlante hecha y derecha. Capítulo aparte los franceses diciendo “4 20 10“ para decir 90. Con los números, entre otras cosas, te la complican un toque.
A los meses me fui de viaje y ya no logré volver a coordinar con la profe. Pero qué conveniente, me salí de esa incomodidad…
2023 me instalo en París por varias semanas. Para entonces, ya tenía más que perfeccionado el “no hablo francés“ o el “no comprendo“. Si ustedes vieran esa pronunciación eximia. Tomé valor y decidí anotarme en un curso semi intensivo presencial. Muy Emily in París vibes. Arranqué de cero, como si no supiera nada porque, de hecho, no me acordaba de nada. Pero esta vez fui lista para estar incómoda. Lo que no esperaba era divertirme tanto. Ahora éramos un grupo de adultos grandulones repitiendo en voz alta de manera torpe los números, los días, los meses, las estaciones. La imagen me daba ternura. Estábamos todos en la misma y eso hizo que el viaje del aprendizaje fuera más amable.
¿Terminé de aprender el idioma? No, 36hs de curso obviamente no fueron suficientes, pero al menos logré sacarme esa sensación que me había quedado. Eventualmente retomaré y seguiré frustrándome hasta que en algún momento pueda decir una oración con algo de dignidad.
Bancar los procesos pareciera volver a ser la clave, la paciencia. La que tengo cada vez que me subo a algún edificio y espero para ver el atardecer. En Paris, en Nyc o en Baires, da igual. Ah, pero en París y viendo la Tour Eiffel. Ay esha, que habla francés 💅😆🥰

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