Despegar y cambiar de perspectiva.
Siempre me gustó mirar por la ventana del avión.
Todo cambia muy rápido y no tenés el control. De hecho, ni conocés a quien lo tiene. Y está bien porque yo solo pienso en disfrutar del viaje.
¿No es mágico que podamos volar? “Es cosa de dioses”, decía alguien. Y un poco lo es.
Esta vez me tocó despegar un rato antes del atardecer en Ezeiza, con esta sombra perfecta que se alejaba siguiendo su camino hasta perderse, hasta olvidarse que era la sombra del avión.
No está acá, pero el aterrizaje fue igual de mágico. Tal vez más. Fue en la pista más maravillosa que haya visto, al atardecer en el fin del mundo, tres horas y media después. Así empezaba mi último viaje, o mejor dicho, el primero de este año.
.
.

0 comentarios