Llevo varios días de mal humor. Tal vez porque ya hace un año de esta locura o tal vez porque siento que no aprendimos nada. También podría ser porque son muchas las cosas y las personas a las que no entiendo. Tal vez…
Pensé que escribir podría resetearme de este mal humor que ya no aguanto. Cuando escribo de viajes, viajo y es la manera más linda que encuentro de tomar distancia, pero llevo tanto tiempo sin viajar que me cuesta conectarme. “¿De qué puedo escribir?“, le pregunté. “Del barco de Croacia“, me respondió. Nunca escribí sobre Croacia, no hay ni una sola foto publicado de ese destino en el que estuve unos 10 días en 2018. Esta es la primera.
Viajamos de París a Dubrovnik en un vuelo que salía un miércoles a la madrugada. El plan era no tener plan. Sin embargo, habíamos tenido algunas semanas para delirar sobre planes irrisorios que le seguían al delirio mayor que era estar haciendo ese viaje juntos, a escondidas del mundo. “Tenemos que alquilar un barco“, tiramos en esas semanas previas. Esto para el destino sobre el mar adriático, en principio, tenía sentido. El detalle es que ninguno de los dos había manejado ningún tipo de embarcación en su vida.
En Dubrovnik fue misión imposible. Si no tenías el registro de conducir barquístico, no te alquilaban nada. Podías hacerlo con un tipito que te llevaba, pero nosotros queríamos el barquito para nosotros. La isla de Hvar (jamás sabré cómo se pronuncia) fue el segundo punto en el que estuvimos. Desde el primer día empezamos a hacer nuestras averiguaciones en este centro que tenía un barquito al lado del otro… y sí, estábamos una isla. Finalmente encontramos un chiringuito (?) en donde no necesitábamos ningún permiso. Ellos te daban una mini clase de 10 minutos para explicarte a encenderlo, detenerlo y maniobrar, dejabas una depósito y listo. No obstante, sabíamos que era algo turbio ya que te sugerían por donde no circular porque podrían pedirte papeles que claramente no tendríamos. A él eso le generaba más emoción. A mí, en cambio, me estresaba. No soy amiga de romper reglas.
Ese día estuvo lleno de desafíos pero ya no tengo más caracteres, lo que sí tengo es una excusa para escribir mañana.

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