La lluvia no solo no paró sino que por momentos se sintió como imagino que son las tormentas tropicales. Justo hacía un rato el Morsi me había preguntado qué se sentía caminar sin las peripecias que había pasado un mes atrás en la nieve en Bariloche. Parece que si no le meto chimi, no van mis paseos. Al menos acá no temí congelarme.
Mojarme de pe a pa me inquieta menos mil. Como no hacía frío, me parece hasta divertido. Las zapatillas chapoteando entre los mini riachitos que se hacían bajando cual botas de lluvia me parecía un planazo. El detalle es que en mi espalda tenía cámara de fotos y compu. O sea mi vida entera.
No quería decirlo en voz alta porque no había nada que pudiera hacer en esa situación más que seguir caminando y encomendarme a todos los santos (?) para que la funda de la compu hiciera lo suyo. Parar y ver el estado no era una opción porque realmente no había refugio. Hasta podía cagarla más.
En algún momento me pasé la mochi para adelante intentando protegerla con mis brazos, pero era inútil yo era sopa. Elegí esforzarme en no pensar, también en no resbalarme. Un rato largo después a Agus se le ocurrió cortar una hoja esas gigantes y ponérmela para atrás intentando aminorar un poco los bandazos de agua que caían.
Después de más de una hora de caminata, cuando finalmente llegamos al auto, en el baúl con desesperación abrí la mochila y… todo fue júbilo y felicidad. No sé si fue gracias a la funda, al bolsillo de la mochila en la que la guardo, al paraguas/hoja improvisado o a los santos ja, pero aunque todo estaba empapado, la cámara y la compu sobrevivieron impecablemente. Viví en silencio momentos de zozobra, como dice mi hermano, mas ya tenía una anécdota para contar.
Acá estoy arriba de un avión, en donde el tiempo y las obligaciones parecen tomarse un ratito para darme chance a escribir mientras voy camino a México. ¿Qué aprendí? Que tengo que comprar esas fundas imperables si se me va a ocurrir irme al Congo con la oficina en la espalda.
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