Seattle. Lunes 5 de junio 4am suena el despertador. Como los días en esa época son infinitos ya está empezando a aclarar. Agarro mi compu y voy al estudio de la casa. Me siento en una mesa contra un gran ventanal que da hacia un bosque. Ya era de día. Empiezo a trabajar con una vista de película, creo que con unos reportes. Es que era principio de mes. Trabajo 4 horas y a diferencia del resto de los días salgo a la mañana. A las 9am empezaba un Free Walking Tour en el centro. Para llegar tenía que tomarme dos bondis. Nunca supe cuánto salían. En el mismo momento que le preguntaba al chofer si estaba en el camino correcto, me hacía pasar gratis. Saqué la compu en viaje y seguí trabajando.

Llego en el horario indicado. Yo era la única de habla hispana. Caminamos por los principales lugares de la ciudad durante algunas horas. Recorrimos un poco su historia, la ciudad subterránea, el gran incendio de 1889, el primer rascacielos y el último también. El puerto del famoso ferry de Grey’s Anatomy, la rueda gigante y el Public Market. Termina el tour y disparo mis dos preguntas al guía. ¿Desde dónde se ve el mejor atardecer? ¿Y en dónde se puede trabajar con buen wifi y una buena vista? Lo dejo unos segundos pensando: «En el rascacielo más alto de la ciudad hay un Starbucks en el piso 40. ¿Te sirve?» Me brillaron los ojitos. Tenía que caminar algunas cuadras cuesta arriba. Ya en el edificio logro dar con el ascensor correcto. Y ahí estaba, en el piso 40 comprando una bandeja de quesos y frutas con un té frío para almorzar. ¡El queso y la fruta más rica del mundo! Me senté en una mesa contra la ventana y nuevamente me puse a trabajar. Era más de lo que podía creer. Debía ser un sueño. Algunas horas después hicimos una call con los Bourguets que estábamos desparramados por ahí. @trayectoriasenviaje en Perú y  Sol  &co en Caballito. Hablamos durante un rato largo. Compartir esa felicidad con ellos hacía que el termómetro de la felicidad estuviera al límite. A las 5pm tuve que cortar. Nada es para siempre, dicen. Me estaban echando porque el Starbucks cerraba.

Cuando me echan del Starbucks más alto del mundo, me mando a mudar a algunas cuadras, a otro Starbucks. En principio creí que era el primero de la historia. Todos nos creemos esa engaña pichanga porque está en frente de la entrada principal del Public Market. Pero el original está a algunas cuadras de ahí, en Pike Street. Me pido otro té, pero esta vez no fue frío. Esta gente no escatima en aire acondicionado. Adentro de los locales hace temperaturas polares. Cierro algunas cosas de trabajo y como en Argentina eran las 10pm doy por terminado mi día laboral. Salgo nuevamente, está vez sin un rumbo muy claro, pero con un único objetivo: ver el atardecer.

No puedo acordarme el nombre del parque que me había dicho el guía en la mañana así que improviso. Me acerco a la costa y empiezo a caminar hacia el oeste, como si por ir en esa dirección estuviera acercándome más al sol.

Les voy a spoilear el final. Nunca llegué a tener una vista con el horizonte despejado. Nunca vi al sol desaparecer. Pero esos muchos kilómetros que caminé en la costa hicieron que eso no hiciera falta. El océano, los barcos y veleros, las montañas con picos nevados, los bancos, alguna persona mayor leyendo el diario, otro con un libro, parejas caminando de la mano, jardines de rosas, senderos infinitos, puentes, unas vías y la Needle Space Tower. El paisaje era un poema, estaban todas las cursilerías del mundo ahí, juntas.

No sabía hacia donde iba. Solo sabía que caminar por ahí me encantaba y quería, una vez más, que ese día durara para siempre. Quizás de eso se trate la vida, de disfrutar el camino, aunque a veces no sepamos bien hacia donde vamos. 🤔🤷‍♀️

Así cerca de las 10pm termina un día más en Seattle. Me siento en el pasto y miro a un chico que está en una piedra, bien cerca del agua, leyendo un libro con los últimos minutos de luz. Quiero esa paz para todos mis días, quiero nunca olvidarme de este viaje que haría una y mil veces más. Quiero.