Depende… me animaría a decir. El tiempo es relativo. Suena a un montón sin él, pero a la vez está tan presente que no pareciera haber pasado tanto tiempo.
Diez años, sí, pasaron diez años. Y el mundo siguió girando lo mismo.
Ahora tendría 95. Hubiera ido al casamiento de Sol, también al de Mariano. Se casó después de 17 años con Cami hace casi casi un año. Hubiera conocido a Loli, su primera bisnieta; también a Lara. Con ella haría una dupla quilombera hermosa. La hubiera hecho hincha de Lanús, no tengo dudas.
¿Cómo hubiera atravesado la pandemia? En más de una conversación surgió esa pregunta: apostamos a que no hubiera hecho caso. Quedarse quieto y hacer caso no estaba entre sus talentos.
¿Cómo hubiera envejecido? ¿Hasta qué edad hubiera manejado? Y los dos pisos por escalera de su casa, ¿hasta cuándo los hubiera podido subir? Yo digo que hasta su último día, como de hecho lo hizo. ¿Cuál hubiera sido su siguiente cuadro? ¿Cuántos cuadros más hubiera hecho? Muchas veces me pregunto qué pensaría de que me la pasé de acá para allá viajando.
Todos los ejercicios absurdos de un condicional que no fue, que no va a ser. Esa es la certeza que nos da la muerte. Como un final real y palpable, un final que paradójicamente no es un final. Si lo fuera, no estarían abiertas estas preguntas. Porque no está, pero está. Porque hasta Loli y Lara, que no tuvieron la suerte de coincidir, lo conocen, lo nombran, lo reconocen.
El condicional es un ejercicio que nos hace sentirlo cerca, es haberlo conocido tanto que hasta nos animamos a ensayar respuestas tomándolas como reales. Porque sé que hasta en mis peores días un “hola, corazón” de él lo cambiaría todo.
“La ausencia es una forma de presencia”, dice Mario Benedetti. Sí que lo es.
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Este es el dumpcito que no sabía que necesitaba. Qué chabón genial.

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