Los aeropuertos me daban emoción, subirme a un avión me daba felicidad. Lo tenía asociado al comienzo de alguna aventura, a cosas que no pasaban tan tan seguido.
A diferencia de lo que me pasa con el chocolate que juraron que por trabajar para marcas de chocolate me agotaría, con los aviones sí perdí la chispa.
Este año he llegado a despegar ya dormida. Sé que eso también es por cansancio, pero ya no tengo la adrenalina que me generaba decir “wow estoy en el aire, en unas horas estaré del otro lado del mundo“. Y ojo, lo racionalizo y sé que es un flash, sigo mirando los amaneceres maravillada por arriba de las nubes, si estoy despierta.
Es verdad, ya me acostumbré a estar en movimiento y me da hasta fiaca pensar en ir a un aeropuerto. Hoy es solo un lugar de paso. ¿Será que la costumbre mata a la emoción?
En mis días me esfuerzo para no perder esa chispa y que la emoción esté en la ecuación de lo cotidiano. Capaz con los aviones tenga que soltarlo y entenderlo solo como una condición necesaria para poder seguir viajando, pues eso, en principio, me sigue haciendo muy feliz. Ahí la chispita sigue intacta. ✨

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