Para mí es sinónimo de vida… De emociones, de sentir y cuando sentimos (lindo o feo) confirmamos estar vivos, ¿o no?
La relación es ida y vuelta. A veces pongo música para permitirme sentir de determinada manera. Otras la música me toma por sorpresa y termina definiendo el mood.
Y debo decir que es mi compañera favorita de viaje. Sin querer, se convierte en soundtrack de lugares, de personas, de experiencias. Roma suena a Movimiento de Drexler, Budapest suena a Tocarte también de Drexler y un poco a Cositas de Benjamin Amadeo. Canadá para mí suena a Silvio Rodríguez y también a Celine Dion. Andalucía suena como el disco Más de Alejandro Sanz. París depende del viaje, pero si tengo que pensarlo rápido suena un poco a WOS y a Plegarias de Nicky Nicole. También puede ser al soundtrack de The Greatest Showman. Lisboa a Demons de Imagine Dragons, la Ruta 2 a Gente Guapa. Panamá a Todo de ti de Rauw. El listado podría seguir infinito. En cualquier momento aparecen esas canciones y, entonces, vuelvo a viajar.
En este viaje implementé un nuevo uso intencionado de la música que vino a rescatarme del sin sentido de querer saberlo todo de cada lugar que piso. Luego de semanas, de meses de tours, audioguias, de leerlo todo, se me empieza a saturar el cerebro. ¿Qué empecé a hacer en algunas galerías de arte o museos? Ponerme alguna playlist sin importar cómo se llama, lo que esté viendo en el museo, de quién es o de qué año. El plan era dejarme conmover por lo que veo desactivando el cerebro. ¿El arte no trata de eso? De conmovernos…
Una maestra de danza en una clase dijo “¿Cuánta verdad hay en la danza?”. Me tomo el atrevimiento de ampliarlo: cuánta verdad puede esconder el arte. Y para eso creo que es necesario apagar el cerebro y yo logré hacerlo con música clásica. Pongo en Spotify David Garrette, por ejemplo, y dejo que corra. Si la melodía es power o dramática, esas obras están teñidas de esas vibes. Si es melancólica o triste, ídem.
Lo re recomiendo, en serio. Vuelvo a confirmar el poder de la música. Qué cosa poderosa, eh. Lo único que un poco tengo que contener son las ganas de moverme, de bailar. Todavía no me da para bailar en un museo.

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