Tenía 11 años la primera vez que viajé a Europa.

por | Feb 13, 2022 | España, Flor de Viaje, Reflexiones | 0 Comentarios

Bah, viajamos. Fueron unas vacaciones familiares a España. El plan era recorrer Andalucía.

Sentía que era algo groso lo que estaba pasando, que necesitaba registrarlo de alguna manera porque era mucha la info que mis ojos y cerebro recibían cada día de paseo.

La mezquita de Córdoba y un guía de mil años de edad que claramente amaba lo que hacía porque al día de hoy recuerdo detalles de su relato. La Giralda y el Alcázar de Sevilla en donde Sol dejó un regalito, pero les voy a ahorrar la imagen. Solo voy a decir que desayunaba tortilla de papa con chocolatada y eso, por supuesto, male sal.

¿Y el océano convirtiéndose en el mar Mediterráneo en Cádiz? Eso sin contar la expedición, guía telefónica mediante, para rastrear antepasados de la familia una tarde de domingo. Esa es otra historia y amerita mil postes.

El peñón de Gibraltar y los monos de la reserva natural. Esta vez fue Sol la que recibió un regalito de parte de ellos, también asqueroso, por cierto.

Recuerdo reírnos de la ironía de estar recorriendo la Costa del Sol sin sol, pero con Sol, mi hermana. Conocimos una versión de Málaga y Torremolinos totalmente gris. Sí tuvimos algún día de playa en Almuñécar, con ese mar con piedras que para mí y mis pequeños de 11 años eran un hallazgo. ¿Cómo que existían playas en las que no había arena? Ese mismo día visitamos Sierra Nevada y lloramos de la risa tirándonos todos de culopatín. Tendrían que haber visto a mis viejos…

Y Granada con la Alhambra, qué ciudad de ensueños esa.

Yo salía con un anotador pequeño y una lapicera. Transcribía lo que decían los carteles de los museos, de los edificios históricos. Dejaba algún comentario u observación random queriendo retener todo lo visto, lo aprendido, lo vivido. Aún los tengo. Hoy lo encontré y me dieron ganas de abrazar a esa Flor ñoña del pasado que su hermana menor miraba con fastidio por tener que esperarla a que terminara de escribir.

Entonces no sabía que contaba con una memoria que, aunque es enemiga de olvidar cuando me rompen el corazón, me permite hoy, mil años después reírme de anécdotas como si hubieran sido ayer. Lucky me.

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