Me desperté de la siesta en Bacon Hill Park y publiqué unas cositas de trabajo. Sí, un sábado. Me puse música y salí caminando a la costa. No se trataba de una parte turística. Convengamos que estaba en una isla y había muchos kilómetros de costa.
De repente me vi parada en un acantilado con vista al mar casi infinita. La enmarcaban las montañas de algunas islas lejanas. Mi objetivo era volver a ver ballenas. No lo logré. Pero caminé y caminé mirando perdida esa inmensidad, con ese sonido del agua que calma cualquier cansancio o ansiedad. Apagué la música. Era ahí en tiempo presente. En algún momento me senté sobre el borde, en otro logré bajar al nivel del agua. También me senté ahí. Ese mar bien en el norte me tenía hipnotizada. El agua tenía otro color, un color gris difícil de describir. Tenía color a agua fría.
Ya más cerca del centro caminé por un muelle larguísimo que iba bien mar adentro. Yo seguía persiguiendo la idea de ver ballenas. Aunque al día todavía le quedaba un rato de sol, el viento y el frío empezaron a sentirse. Tenía puesto todo el abrigo que podía tener. Los ojos me lloraban en ese muelle en el que resistí todo lo que pude.
Había un gran crucero entrando. Entonces, pensé en Heidi, que siempre le gustaba ir a ver los barcos entrando a Buenos Aires desde el Club de Pescadores. Siempre miró el agua con admiración. Creo que le hacía acordar a su papá. Para entonces Heidi estaba en Buenos Aires pero la llevé de viaje un ratito con la mente como tantas otras veces en mis viajes.
Seguí caminando y volví al punto de inicio. Estaba en el puerto en el que había llegado esa misma mañana en el ferry. Se veía el movimiento de un sábado a la noche. Músicos callejeros, ferias con artesanías y también con comida. Se empezaron a encender los edificios. Victoria parecía salido de un cuento. Sin pedir permiso, silencioso el sol se estaba escondiendo en el horizonte, atrás de decenas de embarcaciones. Mientras la vida en la isla iba a su ritmo, yo me senté, con frío sobre una pared que estaba justo enfrente del puerto. Y ahí vi al cielo ponerse de mil colores. ¿Será que nunca me canso de ver el atardecer? Estaba re en una, obvio. Estaba feliz.

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