Hace exactamente dos años me bajaba del último avión al que me subí. El 3 de septiembre de 2019 volvía a Argentina de lo que fue el peor viaje de mi vida. Sip, así de dramática. Pero lo pienso, lo vuelvo a pensar y lo sigo sosteniendo. Experimenté un dolor infinito y me fue prácticamente imposible conectar con el disfrute inmediato que suelo tener al viajar. Digamos que fue inédito esto de estar en lugares increíble y que no tuviera el termómetro de felicidad explotadísimo. Volví creyendo que ya no tendría más ganas de viajar, que hasta ahí había llegado mi pseudo vida de nómade digital. Sin embargo, decidí no darle mucha bola ¿Volverían las ganas? El tiempo me iba a dar la respuesta. Yo mientras tenía un duelo que hacer.
Pasaron los meses y decidí empezar a vivir a Buenos Aires con ojos de viajera. En 2020 me había propuesto hacer todos los free walking tours que existieran en la ciudad. Para marzo, tímidamente, ya estaba esbozando un posible itinerario por Alemania y algunos países más de Europa. Vi alojamientos y pasajes. Las ganas habían vuelto. Pero… PASARON COSAS. Una pandemia puso en pausa al mundo y desde ya cualquier posibilidad de viajar. Ni en la película más fantasiosa una pandemia le daría excusas a la Flor de 2019 para abandonar eso que ya formaba parte de su vida.
Es que en realidad no controlamos absolutamente nada. Vivimos en la ilusión de hacerlo, pero no es más que eso. Me causa gracia esa ingenua idea de que podemos planificar nuestra vida. Sé que necesitamos creerlo, sentir que caminamos sobre tierra firme. Hacemos un plan, etapas, creemos tomar el control. Pero vamos, ¿cuánto es realmente lo que controlamos? En el mejor de los escenario podemos manejar nuestra respuesta frente a lo que pasa, podemos tener una intención y trabajar enfocados en eso, pero eso es todo. Supongo que se trata de aprender a jugar con las cartas que nos tocan, improvisar, poner nuestra mejor cara, estar en movimiento, y por qué no, a veces, parar a descansar un rato.
Tal vez la clave es amigarnos con la incertidumbre, entender que de ahí salen infinitas posibilidades que incluso podrían ser mejor que nuestros planes. Tal vez sea solo un consuelo. Tal vez…

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