En ese viaje solté de mi muñeca el reloj pues el tiempo ahí lo marcaban las ganas o, en el mejor de los casos, la luz del día. Recuerdo que me retaran por preguntar qué hora era. “¿En qué cambia la hora? ¿Qué tenés que hacer?“ Era cierto. Estábamos en el medio de la nada, en Espejo Chico. No había señal, no había que estudiar ni que trabajar. Las decisiones más importantes eran qué trekking hacer, si nadábamos en algún lago y qué íbamos a comer. Debo decir que nunca más usé reloj aunque un poco de trampa hago pues celu . Pero me quedó esa sensación que no quiero un reloj “atado“ al brazo.
En esos mismos días tuvimos una misión: tirarnos de un puente en la ruta 40. Éramos un grupo grande. ¿15? 20, tal vez. Alguno ya conocía el camino, así que guiaba. Caminamos por la montaña. Cruzamos riachos bajitos y otros más profundo en el que debíamos pasar con los brazos en alto con las cámaras de fotos. Algunos tenían corriente y terminábamos haciendo una cadena humana para que ninguno se escapara (?) Después de más de una hora llegamos al puente. Dicen que tenía 12m de altura pero no está chequeado.
Como sé que soy de mandármela, esperé que se tiraran varios para verificar que sobrevivieran. En los últimos años descubrí que no fuimos tan originales porque por Instagram vi a varios viajeros saltar de ese mismo puente sobre el Río Ruca Malen. En ese momento casi no había redes sociales. Los álbumes de Facebook tenían un límite de 30 fotos . Así que para mí nos jugábamos la vida (?)
La sensación del salto es rara… no apta para personas con vértigo obviamente. Primero pasás la reja y quedás agarrado a la espera de la cuenta regresiva. Es el momento para arrepentirte. Si no, contás hasta tres y das el paso. La caída dura un abrir y cerrar de ojos en el que te concentrás en no destartalarte para que la entrada al agua sea fluida y no te golpes. Ahora bien, por la altura llegás a ir profundo en el agua. Esa es la parte “fea“. Tardé un poco más de lo que esperaba en sacar la cabeza. Tiene lógica, solo que no me había puesto a analizarlo. Con no más de 10 brazada volvés a respirar con la adrenalina a flor de piel y en mi caso, con ganas de volver a saltar. Así fue.

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