A veces el mundo se me pone patas para arriba. Eso no me gusta. Lo que sí me gusta es cuando yo elijo hacerlo. ♀️
Mi abuela siempre que veía estas fotos de mis viajes se acordaba de los veranos en Punta Mogotes. Ella caminaba por la orilla y yo avanzaba en paralelo haciendo la medialuna. Una… dos…. y mil más. Con los pies y las manos en la arena húmeda. A veces incluso en el agua. Creo recordar el día al que ella se refería cuando lo contaba. Ese día le dije que era muy feliz. Tendría 9 o 10 años. No tengo dudas de haberlo hecho porque hoy, muchísimos años después, elijo poner los pies en el cielo cuando estoy feliz. Transformo la felicidad en movimiento.
¿Será por eso que la tristeza para mí es quietud? Pero es una trampa porque en realidad es el movimiento el que nos da chances de salir de donde no queremos estar. “Esperar no transforma“, dice Magalí Tajes. Y ojo porque esperar no es lo mismo que ser paciente. Paciencia me sobra, pero la paciencia sin que te des cuenta se convierte en espera.
Ponernos apropósito patas para arriba cambia la perspectiva. Y a veces esa es la clave. Ver las cosas desde otro ángulo. Se dice que en realidad no es lo que es sino lo que nosotros vemos que es. Y ahí es donde se vuelve imposiblemente complejo porque cada quien ve lo que quiere, o mejor dicho, lo que puede. Pero podemos forzar pensar las cosas de una manera distinta o incluso hacerlas de una manera distinta. Juntar fuerzas para salir del piloto automático, juntar fuerzas para volver a tener ganas de ir por la orilla haciendo la medialuna, para después contarle a mi abuela, si es que me escucha desde algún lugar, que otra vez soy feliz. Veremos si sale.
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