Desde que tengo memoria, viví y valoré el trabajo en equipo: para estudiar, para trabajar, en el deporte, incluso con mi familia cuando hace falta. Es una forma de organización, de sostén, de repartir cargas.
Fue en enero, hace casi un año. Arranqué el año enferma, con fiebre y una tos espantosa. Me duró un mes. Es, sin exagerar, la tos más fuerte que recuerdo haber tenido. Habían pasado unos diez días. Estaba tirada en el sillón de la casa de mi hermano cuando tosi. En ese momento sentí un dolor. Enseguida supe que la había cagado: un microdesgarro en el intercostal. Hermoso.
Durante semanas me dolió hasta darme vuelta en la cama. Por supuesto, que para toser también. Para levantarme tenía que hacer maniobras rarísimas para no usar ese músculo. Movimientos mínimos, calculados. Y ahí pensé en algo obvio: cómo cada músculo —los que conocemos y los que no— cumple su función en silencio. Cuando uno falla, todo se desacomoda. Recién ahí nos enteramos de su existencia.
Me acuerdo de caminar por París, todavía con dolor, pensando en esto. En lo importante del trabajo en equipo. En cómo el cuerpo funciona porque cada parte hace lo suyo. Pasé por el cuerpo esa frase que siempre había repetido:
El todo es mayor que la suma de sus partes.
Cuando una parte falla, el resto lo siente. Lo bueno: el sistema se reacomoda, compensa y, en el mejor de los escenarios, esa parte vuelve a funcionar y todo se ordena otra vez, hasta casi olvidar la importancia de la partes, de nuevo.
La magia de los sistemas…
¿Y las fotos? Fue mi primer paseo luego de la semana de fiebre. Es que había sol en París, no iba a quedarme adentro.






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