No se me ocurre mejor palabra que defina mi último mes.
Fue el 1 de agosto, camino al aeropuerto, que caí en la cuenta hablando con una amiga de todo lo que tenía por delante. El 1 de septiembre me estaría subiendo a un nuevo avión para concluir esa maratón hermosa de emociones. En eso estoy, de hecho.
El primer finde de agosto me pareció bien ir a visitar a mi sobri a Málaga. Sabía que la veía en septiembre, pero ya llevaba mucho tiempo sin verla. Solo tres horas de vuelo me separaban de ella. ¿El plan? Ni idea. Estar, compartir, ponernos al día. Ese viernes almorzamos paella (de pollo, lo ziento) mirando al mediterráneo. Le siguió un finde de cumples, paseos y planes en familia.
El lunes a las 6am estaba despegando mi avión de vuelta a París. Es que a la 1pm tenía entradas para ir a ver beach volley al estadio más espectacularísimo del mundo, ahí, al ladito de la Torre Eiffel. Le seguía el planazo del miércoles a la mañana que tenía entradas para ver atletismo en el estadio de Francia. Una locura. Y fue mientras estaba sentada viendo salto en alto que me entró un mensaje preguntándome si quería ir a ver la semi de las leonas que arrancaba dos horas después en un estadio que estaba en la otra punta de París. Claro que mi respuesta fue SI. Corrí. Literal corrí 2km en sandalias para poder llegar a hacer la combineta de metro y tren. Llegué justo cuando estaban cantando el himno. No fue el partido en el que más brillaron, pero agradecí haber ido porque tenía entradas para la final en la que ya no estaríamos. Esa entrada la vendí en menos de tres minutos.
A partir del día siguiente, ese jueves, y por tres días empezaba gimnasia rítmica y todo lo que eso significa para mí. Emoción x1000.
Para entonces ya estaba en cuenta regresiva en secreto, con la valija encaminada, compra de regalitos y todo listo para el miércoles 14 subirme al avión rumbo a Buenos Aires. Muy poquitas personas sabían de este plan.
Miércoles 14 11pm Maia me estaba recibiendo en el aeropuerto en Argentina en modo top secret para darme las llaves de mi casa. (Gracias ♾️). Luego de semanas de treintipico de grados aterricé directo al invierno.
Jueves 15 9am voy a lo de mis viejos, a mi casa de toda la vida, ansiosa por ver la reacción. Subo y el ruido del ascensor, sabía que funcionaría como la señal para que abrieran la puerta creyendo que era mi hermana. Así fue. Yo esperé en silencio. Abrió la puerta Mirtu. No entendía nada.
– ¿Qué hacés acá?
– No sé… tenía unos compromisos este finde.
Al día siguiente cumplía ella, dos días después cumplía dos años Lari. Siguió la sorpresa para mi viejo y unos minutos después llegó Sol.
– What? ¿Cuándo viajaste?
Las cuentas no cerraban porque nunca dejé de hablar con ella. Por suerte, en el vuelo tenía wifi y podía chatear, entonces, las 13 horas en el aire no se sintieron.
Unas horas después fui a buscar al jardín a mi sobri. Salió al grito de “tiaaaaa”. Cuando me fui todavía no hablaba. Fue la primera vez que me lo dijo en vivo. ¿Y el abrazo que le siguió? Esos segundos nada más habían hecho valer todo el periplo (?)
Le siguieron dos semanas de intensidad. Sorpresa para mi ahijada, encuentros con amigos, amigas, de médicos (había que aprovechar), también de calls, porsupu. De cenas y meriendas improvisadas, de comer carne y milas cada vez que pude , de mates ricos, de cumpleañitos, de siestas con Lara, de mimos.
“No me había dado cuenta de cuánto te extrañaba”, me dijo Guadi. Y se me llenó el alma de amor. Y a pesar de que estoy muertísima porque dormir… quedarme quieta… ¿qué es eso? … estoy muy feliz y agradecida. Siento que no hay palabras que alcancen. Me sentí muy querida, muy bienvenida. Que se hayan hecho huequitos para los reencuentros, que hayan escuchado horas de anécdotas, que se pongan contentos porque estoy contenta… ¿Afortunada? No, lo que le sigue. Necesito que inventemos esa palabra. Así estoy.
Gracias por todos los mimos.
Les mando un re besis ya desde el calor de Málaga. ❤️

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