Esta foto es de Panamá, pero esta historia no es de ahí.

por | Jul 25, 2021 | Colombia, Flor de Viaje | 0 Comentarios

Esta foto es de Panamá. Más precisamente de la Isla Chichimé, una de las 365 islas de la comarca Guna Yala. Pero esta historia no sucede en ese país, aunque sí sucedió en ese viaje.

Nuestro objetivo con Vane era ir a Costa Rica y Panamá, pero conseguimos pasajes muy muy baratos para Bogotá, Colombia. Sacamos ese pasaje y lo combinamos con otro vuelo a nuestro destino final. Para el regreso iba a aprovechar las horas en Bogotá para ver a una amiga que estaba viviendo ahí. Sin embargo, para marzo cuando iniciamos el viaje, mi amiga se estaba yendo a vivir a España. Ya no estaba en Colombia. Me quedé con las ganas de verla pero no nos íbamos a quedar con las ganas de pasear.

Debo decir que todo fue bastante improvisado para ese último día después de semanas de viaje. Llegamos a Bogotá temprano a la mañana, dejamos las valijas en el locker del aeropuerto y nos mandamos al escritorio de información. Solo teníamos un punteo por WhatsApp que me había hecho mi vieja de qué cosas podíamos hacer. Elegimos el Museo del Oro. Preguntamos cómo llegar, mangueamos unos mapas, cambiamos alguito de plata y salimos a la aventura.

El express transmilenio es un bondi que llega del aeropuerto a la ciudad. Ahí nos subimos, con el mapa en la mano y sin internet. Ese era el gran desafío. Después de un rato Vane le preguntó a un tipito que iba vestido de traje y con maletín si estábamos bien encaminadas a la combinación de buses que teníamos que hacer. Queríamos disimular nuestra condición de turista pero estábamos medio complicadas. Entonces, como el bondi se acaba de vaciar el tipito se sentó en el asiento de atrás nuestro y sin saberlo entramos en una visita guiada personalizada por Bogotá. Nos indicaba para un lado y para el otro qué era cada lugar. Pasamos por una universidad, por monumentos, varios barrios. Nos contó la historia de cada punto.

Harry era un médico y profesor universitario y gentilmente, con su cautivadora tonada colombiana, prometió guiarnos hasta el Museo del Oro. Debo reconocer que tanta amabilidad por momentos nos dio miedo: “Decinos dónde debemos bajarnos, no hace falta que nos acompañes”, insistimos.

No logramos convencerlo. Se bajó con nosotras del bus y nos iba a llevar caminando hasta el Museo del Oro, que en principio, era lo que habíamos decidido hacer.

Seguimos en este tour improvisado con Harry que a esta altura ya se había presentado. Nos había contado que había ido a dar una clase y que se había suspendido, por eso tenía tiempo. Aunque no era profesor de historia, él sabía de todo. Mientras caminábamos, nos seguía contando, nivel agarraba billetes para mostrarnos alguna escena histórica sucedida sobre las calles que caminábamos. No entendíamos muy bien lo que estaba pasando, pero ya estábamos jugadísimas. Estábamos paseando con un colombiano que acabábamos de conocer. 😎

De la nada preguntó: “¿Les gusta el chocolate?“ 🙄 ¿En serio? ¿A mí preguntándome eso? No terminamos de decir que sí que ya estábamos entrando a una especie de café tradicional al estilo Tortoni. Creo que se llamaba La Florida. Dijo que no podíamos irnos de Bogotá sin probar el chocolate caliente de ese lugar. Como no habíamos almorzado no estaba mal hacer esa parada técnica improvisada, como todo lo que estaba sucediendo. Harry eligió qué pedir para que pudiéramos probar todos los imperdibles del lugar. Nos contó más de él. No era de la ciudad, era paisa aunque ya llevaba muchos años ahí. Fue al baño y cuando volvió pagó sin que nos diéramos cuenta. Nos parecía demasiado… tanto que parecía sospechoso. ¿Será que no estamos acostumbrados a tanta generosidad?

Caminamos unas cuadras en dirección del Museo del Oro. En el parque que está justo enfrente estaba lleno de minuteros. Eran típitos con muchos pero muchos celulares enganchados con cadenas a los que les pagabas porque te dieran un celular para hablar por teléfono. Una especie de teléfono público andante. Ni idea.

Llegamos al museo creyendo que allí Harry seguiría su camino después de algunas horas de habernos acompañado, mas no. Entró al museo y pagó las entradas. Se nos adelantaba porque como local obviamente sabía de qué iba la cosa. Nosotras apenas llegábamos a entender el valor de la moneda y los billetes cuando él ya había pagado. ¿Cómo siguió nuestro día en Bogotá?

Resultó que también sabía sobre los detalles de lo que íbamos encontrando en el museo. Las personas se nos paraban cerca para escuchar sus explicaciones como si hubiera sido un tour pago, pero no. Era nuestro nuevo amigo Harry, que lo estaba dando todo.

Salimos y dijo que nos iba a llevar al Centro Cultural García Márquez. Ahí logramos invitarlo a tomar un café en un Juan Valdez justo antes de que entráramos a una librería. Además de médico era cuentacuentos. Así tal cual escribo. En esa librería estaba su “libro“. Y es entre comillas porque no tiene formato de libro. Son cuenticilinas. 🥰 Son unos fresquitos cual medicamento que adentro tienen tipo papiro guardados los cuentos. Dependiendo del color, la temática del cuento. Entonces abrió el fresquito con el cuento rojo y nos lo leyó. Esto ya era surrealista.

Seguimos caminando mientras anochecía. Nos asomamos a la Plaza de Bolívar en donde está el capitolio, la casa de gobierno y todos esos edificios históricos. A esa altura creo que Harry ya se sentía responsable de nuestro bienestar. Decía que no estaba bueno que hubiera dos mujeres solas, a la legua turistas, caminando de noche por Bogotá sin conocer. 😒

Caminamos por un barrio que no recuerdo el nombre. Era tipo universitario, tenía una onda a San Telmo. Entramos a algún bar en donde saludamos incluso al cocinero. A esta altura no sabíamos si Harry era famoso y nosotras éramos dos colgadas. Pero estábamos sin internet y no podíamos googlearlo.

En la última parada que hicimos tomamos un milkshake delicioso. Ya cerca de las 10pm debíamos volver al aeropuerto. Nuestro vuelo no salía hasta entrada la madrugada, pero no parecía prudente seguir dando vueltas.

Como si todo esto no hubiera sido suficiente, se subió con nosotras al bondi y literal nos acompañó hasta el aeropuerto. La realidad es que estuvimos desconcertadas hasta que nos despedimos. Creíamos que era demasiado bueno para ser real, que en algún punto tendría otras intenciones, pero no. Simplemente nos cruzamos con el mejor colombiano del mundo mundial y nos hizo pasar un último día de viaje impensado. 💛

Dato: no tenemos ni una sola foto de ese día en Bogotá. 🤦‍♀️😅

En Costa Rica me habían choreado el celu y como estábamos con algo de plata y pasaporte encima preferimos disimular un poco nuestra condición de turistas y no sacar las cámaras. Esa era la excusa perfecta para poder volver con más tiempo. Eso sigue pendiente. 🙃

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguí leyendo

✨ SUEÑOS ¿Qué hay del

✨ SUEÑOS ¿Qué hay del otro lado de los sueños cumplidos? Más sueños. ¿Será que aveces nos da miedo...