¿Dos años? ¿En serio?
Vuelvo a escuchar el último audio. Como si volviera el tiempo atrás al escuchar su voz. Me mandaba un beso grande y me decía que me cuidara mucho. Yo estaba empezando un nuevo viaje, sola. No sabía que no la iba a volver a ver. Pasé meses preguntándome por qué se dieron así las cosas, por qué no pude estar. Nunca encontré respuesta. Fue todo de repente, como todas las muertes, o capaz un poco más. Si el día anterior había ido a yoga y después a tomar el café con sus amigas… ¿Cómo podía ser cierto? Pero la muerte es así, supongo. No pide permiso.
Ella llevaba sus arrugas y sus canas pomposas con orgullo. Ellas eran testigos de una vida plena y aunque a nosotros no nos gustaba escucharlo, ella entendía la muerte como parte de la vida. Y no lo decía de una manera dramática, lo decía desde un lugar de sabiduría que todavía me cuesta entender.
Me acuerdo que cuando murió el abuelo Pocho, cuando le preguntaban cómo estaba, su respuesta era “agradecida“. Ella veía luz en la oscuridad. Estaba agradecida porque habíamos estado ahí, por cómo lo habíamos cuidado a él. Como si hubiera habido una chance de que no fuera así… La gratitud era cosa de todos los días, en lo grande y en lo chiquito. Cuando el “gracias“ era merecido y cuando no también.
Hace varias semanas iniciamos un viaje en el tiempo. Incluso a un tiempo en donde yo no existía. Entramos en la casa de ellos para finalmente vaciarla. Al principio con pudor y ya después entregadas a cada sorpresa que encontramos, nos colamos en partes de la vida de ellos que no conocimos. Fotos, cuadros, agendas, libros, cartas, recortes de diarios. Nos reímos y lloramos, aunque más nos reímos. Eran especiales, distintos… juntos y separados también. Eso explica por qué Mirtu, es como es y ahí me vuelvo a consolar con lo que me dijo Heidi en julio de 2015. “El abuelo Pocho no se fue… está en ustedes“. Ella nos veía a nosotros y lo veía a él.
Yo la veo a Mirtu y los veo a los dos. Veo la dulzura e incondicionalidad infinita de Heidi mezclado con la falta de filtro siempre perdonable de Pocho.
Con Heidi quedó pendiente un último abrazo, pero me gusta creer que sigue cerca. Capaz no nos hacía falta.

0 comentarios