Esta foto es de Panamá. Más precisamente de la Isla Chichimé, una de las 365 islas de la comarca Guna Yala. Pero esta historia no sucede en ese país, aunque sí sucedió en ese viaje.
Nuestro objetivo con Vane era ir a Costa Rica y Panamá, pero conseguimos pasajes muy muy baratos para Bogotá, Colombia. Sacamos ese pasaje y lo combinamos con otro vuelo a nuestro destino final. Para el regreso iba a aprovechar las horas en Bogotá para ver a una amiga que estaba viviendo ahí. Sin embargo, para marzo cuando iniciamos el viaje, mi amiga se estaba yendo a vivir a España. Ya no estaba en Colombia. Me quedé con las ganas de verla pero no nos íbamos a quedar con las ganas de pasear.
Debo decir que todo fue bastante improvisado para ese último día después de semanas de viaje. Llegamos a Bogotá temprano a la mañana, dejamos las valijas en el locker del aeropuerto y nos mandamos al escritorio de información. Solo teníamos un punteo por WhatsApp que me había hecho mi vieja de qué cosas podíamos hacer. Elegimos el Museo del Oro. Preguntamos cómo llegar, mangueamos unos mapas, cambiamos alguito de plata y salimos a la aventura.
El express transmilenio es un bondi que llega del aeropuerto a la ciudad. Ahí nos subimos, con el mapa en la mano y sin internet. Ese era el gran desafío. Después de un rato Vane le preguntó a un tipito que iba vestido de traje y con maletín si estábamos bien encaminadas a la combinación de buses que teníamos que hacer. Queríamos disimular nuestra condición de turista pero estábamos medio complicadas. Entonces, como el bondi se acaba de vaciar el tipito se sentó en el asiento de atrás nuestro y sin saberlo entramos en una visita guiada personalizada por Bogotá. Nos indicaba para un lado y para el otro qué era cada lugar. Pasamos por una universidad, por monumentos, varios barrios. Nos contó la historia de cada punto.
Harry era un médico y profesor universitario y gentilmente, con su cautivadora tonada colombiana, prometió guiarnos hasta el Museo del Oro. Debo reconocer que tanta amabilidad por momentos nos dio miedo: “Decinos dónde debemos bajarnos, no hace falta que nos acompañes“, insistimos.
Sigue en otro post… Me quedé sin caracteres.

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