Se había hecho tarde. No sabía cómo aprovechar lo que quedaba de luz de día. Google Maps, dos bondis y un centro de ski casi en verano que cerraba a las 10PM. Con el tiempo de viaje tendría menos de tres horas para pasear. Aunque las expectativas eran moderadas, parecía ser la mejor opción. Después de tantos días paseando la capacidad de asombro empieza a cambiar los parámetros habituales. No sabía que iba a volver a explotar de felicidad. Tampoco sabía que el primer paisaje que vi era feo al lado de lo que vendría en las próximas horas… Ojalá siempre nos dejármos sorprender

8 minutos fueron los que tardamos en llegar arriba. El mismo tiempo que tardamos en pasar de una primavera soleada a un invierno algo áspero, quizás por inesperado. Las montañas, la nieve, los lagos, la ciudad, los árboles y el cielo… Ese cielo que iba a empezar a transformarse y a transformar todo lo que tocaba, convirtiendo a esa escena ya perfecta en una escena imposible de describir. Armonía, calma, paz creo que son las palabras que más se acercan. Lo intentan, pero no alcanzan. Tanta belleza parece imposible. Pero ahí estaba y ahí está todos los días, en una montaña de Vancouver. Perfecta. 🙌