Fui la conductora asignada. Ella no se animaba a manejar de la izquierda y él era chico para el seguro del auto. Convengamos que con lo que me gusta manejar, para mi era perfecto no tener que pelear por el volante. Teníamos un itinerario definido y un objetivo claro. Queríamos ver wildlife. Yo quería ver algún oso. Me parecía inverosímil la idea de cruzarte uno ahí, deambulando por el mundo.

En el camino había unas cabras salvajes. Paramos para verlas bien. Seguimos unos kilómetros más y nos detuvimos a fotografiar al Medicine Lake. La vista obligaba. Seguimos camino. Manejar por esas rutas era todo lo que estaba bien. Llegamos al punto más lejano: Maligne Lake. Evaluamos algunas opciones porque había muchas actividades. Elegimos uno de los hikings definidos como “diffucult”: el Opal Hills Loop. 8,2km y 460m de elevación. Pero el chiste era que esa elevación sucedía en solo 3km. Se suponía que debía hacerse en unas 5 horas de caminata aunque obviamente cada uno fue a su ritmo. Mi patas cortas y yo íbamos atrás de todo. Como no puedo dejar de ser yo ni un segundo, metí un pie enterito en agua de deshielo al ratito de empezar. No me di cuenta que había un mini riachito. Seguí varias horas sin sentir el pie. Igual lo importante era tener bien los ojos y los pulmones. Había que llenarse de esas vistas y de ese aire puro. El sendero te regalaba mil paisajes distintos. Lagos a lo lejos entre los árboles, picos de montañas nevadas, algún mini valle. Arriba de todo atravesamos partes en los que las piernas se hundían en la nieve hasta la rodilla. Como yo no sentía el pie no era tanto problema.

Estábamos en esa inmensidad los tres solos. Me vuelvo a quedar sin palabras. No sé cómo describir la sensación. Somos ínfimos. El mundo es gigante, imponente, majestuoso, sublime. Y ese mundo está ahí todos los días. Mientras enloquecemos en nuestra cotidianidad. Ese cielo, esas montañas, bosques, lagos, ríos. Y está ahí puro. Sin que nosotros, los seres humanos, hayamos podido apagar ni un poquito de su magia. Lo ves y te dan ganas de llorar y de gritar un poco también…

Estábamos en el medio del recorrido del Opal Hills Loop, en lo más alto. En el medio de la nada y del todo. Llenamos una botellita con agua que bajaba en un riachito. Yo, experta catadora de aguas, puedo decir que la pureza y frescura de ese agua no tiene comparación con ninguna marca. Comimos algún pedacito de chocolate y empezamos la bajada. Las charlas con ellos hacían que todo fuera aún más perfecto.

Ya abajo nos subimos al auto. No quedaba nadie en Maligne Lake. El cielo no estaba celeste, de hecho, había nubes bajas pero era muy de día como para abandonar esos paisajes. Dimos algunas vueltas por la zona, hicimos varias paradas para sacar fotos y empezamos el camino de regreso a Jasper. Todavía nos faltaba el Maligne Canyon y encontrarnos osos.

Adivinen qué… Sucedió. Vimos uno, vimos dos, vimos tres y no sé cuántos más. Ellos son los reyes de los parques nacionales en Canadá. Pueden andar en el bosque, al costado de los lagos, subidos a algún árbol o en el medio de la ruta. Da lo mismo. En cuanto ves un oso, frenás el auto y los mirás, libres, andando. Otra vez el contacto con la naturaleza, con el mundo, te sorprende, te da una cachetada y creés que no puede ser real. Tenés, quizás a menos de un metro, a un oso, uno de verdad. Este es un black bear, porque los hay de distintos tipos. A estos puntualmente te dan ganas de abrazarlos. Se lo ve suavecito, lleno de calor, lleno de paz, con un andar pesado pero simpático. Estás en el auto, en silencio, y solo lo mirás. .

Vengo de meses en donde todo sale mal, con la sensación exactamente opuesta a la que tuvimos ese día. Todo era perfecto, todo fluía, todo lo que quisimos sucedió y sin esfuerzo. Tanto que necesitamos decirlo los tres en voz alta. Estábamos donde teníamos que estar y yo estaba feliz de poder compartirlos con ellos, con Esteban y con Beth. Hoy lo pienso y sonrío. Y apuesto que pronto vendrán más de esos días en donde todo sale bien.