Pasaron 25 años de la primera vez que bailé en público. Era chiquita, muy chiquita.

Siendo aún más chiquita yo ya bailaba, sin escenario, sin luces, ni vestuario. Escuchaba música y bailaba, era innato. A esa esa edad, ¿qué no lo es? Y era lo suficientemente evidente para que mis papás pudieran notarlo. Ellos atentos, como siempre lo fueron, me dieron alas, me dejaron hacer lo que quería hacer, aún sin que yo tuviera la capacidad de entender, aún sin que pudiera siquiera pedirlo. “Flor, ¿querés ir a bailar?” No sé cómo pero lo recuerdo, me lo preguntaron. Me dieron la libertad de elegir. Qué lindo ser libre, qué lindo ser libre a esa edad.
Recuerdo que la idea me entusiasmó porque ya no solo bailaría en mi casa cuando ponían música. Ya no solo bailaría La Bilirrubina de Juan Luis Guerra. En esa época escuchaban eso, supongo que porque les gustaba. Sonaban unos pocos acordes y yo iba desde donde estuviera, me paraba en el medio del living y bailaba. No me importaba si había alguien, qué hora era o si estaba en pijama. Yo bailaba.

Bailar me hace sentir libre, me transporta a otro lugar, me conecta con la vida, con la alegría, con la tristeza, con lo más grande y con lo más chiquito. El cuerpo deja de ser de uno, pasa a ser de la música. Y no es voluntario. Nos convertimos en movimiento. El alma se mueve, se deja ver. Eso que tenemos escondido, sale y te deja expuesto. Nos hace vulnerables, bajamos las barreras. Esos somos nosotros. Desnudos. Esos somos nosotros. Claro, que entonces sólo podía vivirlo sin entender todo esto. Era parte de mi.

Salía del jardín de infantes e iba a danza. Marcela Palomeque fue mi primera maestra. Con su dulzura, paciencia y disciplina en diciembre subió al grupo de las más chiquitas al escenario de la sala Picasso en el Complejo la Plaza. Era el grupo de las más chiquitas y yo era un poco más chiquita que el resto. Me acuerdo de estar en el escenario. Teníamos una calza con tiradores violetas y una gorra que me quedaba grande. Me acuerdo que arriba del escenario no veía, la gorra me tapaba. Pero yo bailé igual. No tenía idea que del otro lado de las luces, del otro lado de la gorra había tanta gente más mirando. Yo bailé.

Al año siguiente, empezamos a ir al Club Italiano. Y volví a elegir. Elegí gimnasia rítmica. Tenía eso de moverse con la música, tenia pelota, tenía aro, soga, mazas y cinta. Tenía acrobacias. Pasaron muchos años más, con lo bueno y con lo malo lo seguí eligiendo. Y así crecí. Clases de clásico, entrenamiento, preparación física, torneos, galas de fin de año. Esta vez no me tocó un final feliz. En el 2004 me fracturé la “pierna buena”. Con dos operaciones de por medio no pude volver, no pude despedirme. Todavía duele y no el pie (aunque a veces si). Duele el alma. Pero tuve que soltar y dejar atrás, transformarme y crecer. Ahí no tuve elección.

Durante algún tiempo estuve rota, incompleta, me faltaba algo… Averigüe, ahí, en el mismo lugar que iba a la salida del jardín, en el Estudio de Marcela Sotelo y volví a danza. Tomé clases con ella. Marcela Palomeque esta vez era mi compañera aunque me daría pudor decir que era mi par porque incluso desde ese lugar seguía siendo mi maestra. Y cómo brillaba al bailar, cómo brillaba en el escenario.

Un tiempo después volví a tomar clases con ella. Ahora sí había vuelto al punto de inicio. ¡Cuánto más tenía para aprender de ella!

Este miércoles con el grupo de Palo me volví a subir al escenario de la sala Picasso en el Complejo la Plaza…. 25 años después. Esta vez el escenario no era tan grande y podía ver. Ya no soy la más chica del grupo y no había gorra que me tapara los ojos. Pero algunas cosas no cambiaron, mis papás seguían ahí sentados aplaudiendo como hace 25 años y yo sigo disfrutando de que, aunque sea por unos minutos, los tiempos de mi mundo sean los que marca la música que me hace bailar.