A Seattle la amé desde el cielo, antes de aterrizar. Cierro los ojos y vuelvo a sentir esa felicidad que no entra en palabras. Todo me parecía perfecto: las calles, las flores, las personas, los edificios, el océano, las montañas. Simple… perfecta.

El primer día llegué, dejé las cosas y salí a caminar, sin rumbo, sin apuro. Era sábado y no tenía que trabajar. A un hombre le llamó la atención que yo le sacara una foto a un cartel cualquiera. A kilómetros se me veía turista. Me preguntó de dónde era y comenzamos a hablar. Él conocía Buenos Aires, había tomado clases de tango. Hablamos un largo rato. Me preguntó que hacía por ahí, cuáles eran mis planes. Me contó que todos los domingos por la mañana desde el Center for Wooden Boats salían a navegar con botes a vela gratis con quienes se anotaran a primera hora. De repente ya tenía planes para el domingo. Me desperté muy temprano y fui a donde mi amigo Mike me había indicado. Cerca del mediodía estaba en un barco a vela con unas pocas personas más, paseando por el Union Lake. Se veían varios barrios desde el agua, la Needle Space Tower, hidroaviones aterrizando ahí al lado nuestro, más veleros, un sol que hacía que todo brille más.

Sin darme cuenta me había metido en una película, en un sueño y no quería despertarme. Quería detener el tiempo, que los días duraran para siempre. Detener el tiempo no lo logré, pero hice valer cada segundo de ese domingo. Y hoy, 5 meses después, cierro los ojos y vuelvo a vivir todo como si hubiera sido ayer. Eso es un poco como si durara para siempre, ¿no?